La persiana

La persiana

Una persiana enrollable está formada por un cajón, un rodillo, unas lamas y un eje de rotación que permite que dichas lamas se enrollen sobre sí mismas quedando ocultas tras el cajón. También constituyen partes importantes de una persiana una segunda lama aislante en su parte inferior, correas, cadenas o en su defecto: unos cómodos mecanismos automáticos que accionan el giro de rotación y que permiten el despliegue y repliegue de las lamas sobre el rodillo.

Una persiana es un mecanismo absurdo, sencillo pero muy eficaz para una gran parte de la población. Sin embargo, en según qué momentos de la vida pueden resultar esenciales, definitivas y absolutas.

Pero estaba escribiendo sobre las persianas. Además de lo descrito anteriormente las persianas de lamas, — esta tipología expresamente escrita es importante para el asunto que nos ocupa —, tienen unos graciosos agujeritos por donde pasa la luz y el aire. El objetivo de esos agujeritos es minimizar y empeorar el uso de una ventana, es decir, impedir el paso de la luz y del aire. Curiosa contradicción.

El origen de la persiana es veneciano pero su perfeccionamiento hasta lo que hoy conocemos es inglés, — siglo XVIII más concretamente —, y le corresponde a Edward Bevan la incorporación de las correas, poleas y marcos que permitían que las láminas de madera de las persianas de la época pudieran abrirse y cerrarse. Todo esto lo sé porque he tenido tiempo de buscarlo en Internet, de contrastarlo y de volver a comprobarlo. Varias veces.

Los agujeritos. Esos malditos agujeritos.

Estoy recostado en mi cama con el portátil sobre las piernas. A oscuras, básicamente en la misma posición y en la misma negrura en la que ella me dejó hace ahora dos horas y cuarenta minutos. Son las tres y cuarto de la madrugada. Perdón, tres y dieciséis ahora mismo. La luz que emite el monitor del portátil me ha permitido contar doce filas y trece columnas de agujeritos malignos. Ciento cincuenta y seis perforaciones. No me equivoco, he contado filas y columnas treinta y siete veces desde que ella se marchó. Estaba ahí. Justo ahí. Delante de la persiana. Casi puedo ver su silueta tapando los agujeritos como si de sombras atómicas al estilo Hiroshima se tratase. Como aquella del banco Sumitomo de Hiroshima inmortalizada en fotografía el 6 de agosto de 1945. Su silueta atómica. Ahí estaba dibujada en los agujeritos. Me hablaba desde ahí y me hablaba a mí. Mejor dicho, hablaba a alguien que fui yo. Ella permanecía de pie, con mis pantalones del pijama puestos y con sus brazos aleteando nerviosos mientras me hablaba para, — imagino ahora—, tratar de ocultar sus pechos desnudos. Al fijarme en ese detalle entiendo que mostrarse desnuda delante de mí era para ella como desnudarse en medio de un Mercadona. Estaba avergonzada por lo que ya no sentía y por verme en la cama echado como una futura piltrafa humana. Sentía la necesidad de taparse. Cinco años, tres meses, cuatro días y veinte horas de relación después de la primera vez que había visto y probado esos pechos desnudos ya no era digno de ellos, ni de nada. Sí, la cosa iba en serio.

Los agujeritos. Protervos agujeritos.

“Sé que duele, pero amanecerá y será otro día. Espera hasta el amanecer”.

Frasecita. Me la tiró como le tiras un libro de autoayuda a quien no quiere ser ayudado. “Espera hasta el amanecer”. Alba, albor, alborada, crepúsculo matutino, primeras luces. Amanecer. No te jode…

La página de Internet que más confianza me ha merecido para hacer el cálculo ha sido una de la N.A.S.A. Según dicha página y mi posición geográfica actual, cuando el reloj marque las seis y cincuenta y tres minutos ante meridiem amanecerá un nuevo día. Para ser puristas, — cuando una silueta atómica te acaba de joder la vida tiendes a ser purista —, en realidad a esa hora comienza la fase crepuscular. No hay sol todavía. Hay luz. La orientación noreste de la ventana donde descansa la persiana de lamas perforadas con pavorosos agujeritos y donde todavía permanece dibujada la silueta atómica de mi ya ex, capturará toda la luz crepuscular y sol del amanecer que cumplirá con su profecía: “…será otro día”. Es un hecho científicamente aceptable pero sinceramente, no tengo demasiadas esperanzas de que mi corazón necrosado reaccione ante un nuevo día o ante veinte como el que ahora espero. Escribo este, — todavía no estoy seguro si diario introductorio o testamento epilogado —, sabiendo de antemano que me queda la hostia para que mi existencia asuma que ya “es otro día”.

No hay purificación azteca en la salida del sol ni baño de luz beduino. No será el “Amanecer” de Borges o el “Amanecer de Otoño” de Machado, ni “mansos los dientes que muerden al amanecer” de Benedetti, no tiene pinta de ser el “cuando amanece” de Gabriela Mistral y ni mucho menos “el vientre que amanece” de Octavio Paz.

Sé poco, pero sé algo. Sé que lo que se colará por esas doce filas y trece columnas de agujeritos pérfidos y crueles no será el amanecer ni un nuevo día. Tengo muy claro que lo que entrará para quedarse para siempre será “la noche más larga” de Aute.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s