Mi supuesto mejor equipo. #historiadefúbtol

Mi supuesto mejor equipo.

Delante de mí un hijo y un padre con bufanda al cuello comentan las jugadas. El padre le corrige el flequillo a modo de caricia y yo casi vomito al ver la cara de afecto y orgullo del gilipollas del hijo.

Es domingo y volver a casa un día de partido es diferente para mí. Es una #historiadefúbtol complicada y alejada de los tópicos que ahora mismo rodean a otros como yo que viajan de regreso hacia sus casas, si es que las tienen. El tren casi vacío. Muy al contrario que en el trayecto de ida hace apenas dos horas, donde parece que los 90.000 espectadores decidimos al mismo tiempo ir al fútbol y embutirnos todos juntitos en el mismo vagón.

A mi izquierda se ha sentado un tipo mayor. Huele a esa mezcla exclusiva y en propiedad de tipos de piel ajada y vida suicidada. Existencia monótona y gris. Como la mía pero con treinta años más. Su aliento rezuma una peste inmunda que provoca una nueva arcada que decide sumarse a la provocada por el padre, el hijo y su flequillo. Ese hedor nauseabundo resultante de mezclar tabaco negro y vino rancio me colma de asco. Me recuerda a mi padre. Todo lo que me recuerda a mi padre me hace vomitar. Llevan bufanda también, y deduzco de inmediato que forman parte de los 89.999 entusiastas espectadores del partido del siglo. Uno de esos más.

De pie, al lado del flequillo del hijo que continúa recolocado encima de su propietario gilipollas y del padre de los dos, veo a dos chicas que cuchichean en voz alta para que todos oigamos lo poco y etéreo que tienen que decirse. Llevan la camiseta de mi supuesto mejor equipo pero tres tallas menor a la talla que más o menos podría quedarles bien. Hablan de chicos, de sexo, del tamaño del cerebro masculino y de las pocas probabilidades de encontrar un tío majo. Eso dicho por una chica en pantalones vaqueros rotos, pelo largo teñido de rubio hace tiempo, — a juzgar por el oscuro color de la raíz — y decorado en sus puntas con reflejos de color naranja dice poco del tamaño del suyo. Están animadas. También forman parte de esos vibrantes y emocionados 89.999 espectadores.

A mi derecha, en una de las puertas de entrada al vagón está apoyado el hípster de turno del vagón de turno del tren de turno. No puede faltar el que todavía no se ha enterado de que la barba no le queda bien a todo el mundo y que la moda de los años ochenta y el complejo de leñador es una creación de Inditex. Digo. Pero es peor si a todo ello lo acompañas de pantalones de cuadros escoceses de Zara, “Dr materns” color amarillo pollo con puntera de acero y tirantes verdes sobre la camiseta blanca, impresa con el número 9 y perteneciente a mi supuesto mejor equipo y supuesto jugador favorito. Un cuadro el muchacho. Le observo afanado en alcanzar el grado más definitivo de artrosis en la falange de su pulgar derecho contorsionándolo con desenfreno arriba y abajo por la pantalla de un móvil que podría hacer las veces de SMART TV. Gigante. Sonriente, frena en seco el deslizamiento de su artrítico dedo pulgar y sujeta esta vez con las dos manos esa innecesaria SMART TV de bolsillo tecleando algo hípster, seguro gracioso y ocurrente y casi con toda probabilidad en la red social donde sea que un hípster con “Dr materns” amarillas se dedique a publicar sus miserias.

Completan el bodegón dos guardias de seguridad con sendos pinganillos al oído. Al final de sus pinganillos dos móviles en los que consigo ver sintonizada la radio típica con sus típicos comentaristas que comentan naderías del típico partido que acaba de jugarse. Mientras escuchan con atención la nada absoluta que transmiten los comentaristas; ellos apoyan, reprenden, aconsejan, censuran o celebran las decisiones tácticas que eso sí, a toro pasado, se permiten el lujo de juzgar. Dos tipos a los que la E.G.B. les dejó por imposible mejorando tácticas de fútbol inventadas por individuos que ganan unos 11.000.995 euros al día más que ellos. El futuro del planeta colgando de un pinganillo.

No me gusta el fútbol y no me gusta mi vida. Diría que no me gusta la vida en general. Entre los dos mundos descarto la vida y me quedo con el fútbol. Yendo los domingos al partido junto con los 89.999 espectadores que sí lo disfrutan consigo acorralar y vencer por abandono e inanición a una vida, una mujer y unos hijos que me superan en número, paciencia y honestidad. No quiero llevar la vida que llevo y no me atrevo a terminar con ella o a modificar su rumbo. Pereza. Cobardía. Siendo así, decido el camino fácil de la huida a disfrutar de un hobby que no tengo y del colosal viaje de ida que supone el no disfrutarlo. Huyendo de una realidad que me marchita más que yo a ella. Acobardado por la verdad suprema de no ser capaz de enfrentarme a esa vida con dignidad y aplomo. Feliz al fin y al cabo. Sin saber qué equipo juega contra mi supuesto mejor equipo pero sabiendo que abandono la cárcel de mi hogar en libertad condicional por apenas tres horas que dura el partido, con su descanso y con el trayecto de ida y vuelta incluido.

Una rutina a la que marcho cada domingo de partido con la herida abierta, cicatrizada en falso durante 90 minutos y supurando ansiedad metálica y fría en el trayecto de vuelta. Un trayecto que me reconcilia con el yo que más odio. El mío. Y contra el que comparo la existencia de un hípster, un viejo, dos guardias de seguridad, dos chicas, un niño gilipollas, su flequillo y el padre de los dos.

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