Vale amigo, todo bien, es la vida

“Vale amigo, todo bien, es la vida”

Hay muchos veranos. El que viene marcado por una de las cuatro estaciones de nuestro año solar es uno. El tuyo es otro. El mío es diferente al tuyo y al de las cuatro estaciones. Y luego está el verano de Mamadou.

Vigente todavía el mes agosto del año 2016 pero terminando mi verano. No el tuyo y tampoco el de Mamadou. Su verano es más largo que el nuestro.

Conocí a Mamadou hará unos cinco años. Le conocí es un eufemismo que viene derivado del hecho de verle recorrer el mismo tramo de playa un año tras otro. Dos metros de senegalés cargando al hombro un ingente número de vestidos de mujer, una mochila, una riñonera y una gorra. La misma gorra azul de todos los años.

Desde que conocí a Mamadou han pasado muchas cosas por mi vida: una hija, dos presidentes del gobierno y dos olimpiadas.

A Mamadou también le han pasado cosas. La nacionalidad no es una de ellas. Aunque la merezca. Por ejemplo, el segundo año de nuestra eufemística relación perdió a un hermano. Cáncer. Tener cáncer es asunto cruel. Morir de cáncer en España siendo senegalés y morir con el apellido de “ilegal” es más cruel todavía. Cruel a nuestros ojos, quiero decir, porque como dice Mamadou: “Vale amigo, todo bien, es la vida”.

Y lo peor pudo ser el cáncer y la pérdida del hermano. Ahí terminaría la crueldad para cualquiera de nosotros y de nuestras occidentales vidas. Para Mamadou la pesadilla continuaba con la búsqueda de dinero para poder realizar los trámites que le permitiesen devolver el cadáver de su hermano a su país de origen. Si los cadáveres tuviesen billete de vuelta en patera a Mamadou no le hubiese importado hacer “el viaje” en el sentido contrario al que normalmente se hace. ¿Qué más le dará? Ya lo hizo para venir. Su hermano también. Pero un tipo declarado por la administración como “ilegal” no tiene derechos; ni siquiera el de expatriar el cadáver de su hermano. Así que Mamadou se las ingenió para enviar a su madre el cuerpo de su hijo y seguir cargando con vestidos de mujer por la playa como si tal cosa. Lo hizo. ¿Cómo? No lo sabemos.

Hace unos días Mamadou falló a nuestro encuentro diario en la playa. Yo abría y cerraba un libro mirando a izquierda y derecha. No había señal de Mamadou. Era extraño. Mamadou libra los lunes. No libra lunes y martes. Y aquel día era martes. Dos días sin Mamadou en la playa no es normal.

El miércoles apareció. Todos los que conocemos a Mamadou nos lanzamos a preguntarle. Por él y por su salud. Por algún otro cáncer de algún otro hermano…en fin, esas cosas.

En este caso afortunadamente no fue cáncer ni hermano, pero desafortunadamente fue sobrina y accidente de tráfico. Muerta en Senegal. Una noche de fiesta, coche, alcohol, accidente y cinco muertos. Entre esos cinco muertos su primera sobrina. 19 años. Nos dijo que no se sentía bien para trabajar pero que ya sí, terminando como siempre termina sus frases: “Vale amigo, todo bien, es la vida”.

El jueves por la tarde nos quedamos hasta tarde en la playa y nos sorprendió ver a Mamadou a horas tardías todavía con vestidos por vender. Un tipo que se recorre un tramo de 6 km de playa desde las 10:00 de la mañana hasta las 20:00 de la tarde y sin parar debería estar cansado, pero Mamadou no. Se paró como siempre hace. Cerramos los libros y nos pusimos a charlar con él. Nos gusta hablar con Mamadou. Nos pega hostias de realidad en cada charla. Nos viene bien. Nos aprovechamos de él en ese sentido. Un hecho miserable y egoísta que no podemos evitar hacer una y otra vez.

Esa tarde de jueves hablábamos sobre el mar. Le pregunté si sabía nadar. ¿Qué pregunta era esa? — Pensé y pienso ahora — Esa lástima y pena que sientes hacia alguien que piensas que no tiene nada y sin embargo tiene todo lo que a ti te falta. Es ruin. El caso. Me respondió un: “Claro amigo”. Pero no así, sin más. Nos contó la historia que le hizo cambiar de profesión. De pescador en Senegal a vendedor de vestidos de mujer en España. Corría el año 2003 y a Mamadou y a la tripulación de un pequeño barco pesquero les pilló una tormenta “grandes, muy grandes y fea”, (como él la definió). Pasaba la medianoche y el mar era negro como el cielo, (seguía contando). El caso es que el barco no aguantó una embestida de una ola y zozobró. Todos al agua. Seis de ellos ahogados. Los que no sabían nadar. Pero Mamadou sí sabía nadar. Y nadó. Nadó mucho. Tanto como la distancia que puede recorrer un senegalés entre la 1:00 de la madrugada y las 15:00 de la tarde del día siguiente. Nadar sin saber si al final de tanta braza encontrarías tierra o más agua. Nadar. Sobrevivir. Subsistir. Agarrarse a una esperanza. Aceptar la apuesta que te plantea la vida y recorrer el mismo tramo de playa una y otra vez. Nadó hasta que un barco mercante le rescató. A él y a otros como él que sí sabían nadar.

Pero lo contó de la misma forma que lo hacía cuando nos explicaba que su hermano había muerto. Idéntica a cuando comentaba que no sabía de qué forma se lo entregaría a su madre. Igual manera que lo de su sobrina preferida y el accidente de tráfico. Lo contó como si tal cosa. Con una sonrisa. Y cuando Mamadou nos observaba yo pensaba que él no veía nada. Sólo a unos occidentales sentados en sillas de playa preocupados por el fin de su verano. De esa forma Mamadou nos dejó ese jueves. Con una sonrisa. Un saludo cordial y una frase que destilaba lástima y pena hacia nosotros: “Vale amigo, todo bien, es la vida”.

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4 Comments

  1. Me ocurrió algo similar aunque contraria, y ya hace mucho tiempo de ello. Yo subía y bajaba todos los días, varias veces las dos plantas, él me recibía solícito con una amplia sonrisa y me indicaba, en francés, cualquier cosa que precisaba. Él vestía correctamente su piel negra casi azulada con camisa blanca y corbata debajo de su americana del traje oscuro. Normal, salvo que estábamos en pleno Sáhara con 40°C a la sombra y el A/A circulaba solo bien en las habitaciones del hotel en Nouadhibou. Todos vestíamos ligeros salvo él. Vi su nombre escrito en una chapita blanca trabada en el bolsillo superior: B. M. Yaya; entonces sonriéndole le dije cariñoso:” Resultará que aquí vine a encontrar a mi hermanito”, por la casi igualdad de nuestros apellidos. Entonces noté que se sonrojaba. ¿Que cómo se nota que una persona negra se sonroja? Simplemente, baja la cara, fuerza una sonrisa que no sale y le brillan los ojos como si fuera a llorar. Le agarré fuerte los brazos y le susurré:” cuándo quieras ir a tomar un refresco, nos intercambiamos los trajes (medíamos igual 1’93m) y en lugar de Gayá, me llamo Yaya, que además me gusta mas; en éste momento y viendo que el director árabe no estaba a la vista, me abrazó y yo a el.
    Jamás una sonrisa me ha parecido tan franca, sincera, expresiva y perfecta como la del amigo B. M. Yaya, y eso que entre otras cosas soy dentista.
    Su historia es la de un senegalés fibroso, inteligente y bondadoso, que va subiendo por el occidente africano, solicito y trabajador, hasta que llega a lo más alto de África y de empleo. Lo siguiente es tan arriesgado como peligroso. Los últimos que de allá llegaron, me contaron que seguía con algunas canas e igual de sonriente, aunque ya pasó mucho tiempo, ahora lo recordé al leer su narración.

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  2. He leido diferentes relatos que se han presentado para el concurso y compartido a traves de las redes sociales. Y no tengo ya ninguna duda. ¡El tuyo es el que más me gusta! Felicidades por el relato, por la manera de contarlo, por los detalles… por todo.

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