Lo tengo superado en tres actos

PREFACIO – “Lo tengo superado”

Veinte días después de necrosarme el corazón mi ella decide poner a prueba mis logros, mi karma, los consejos de los amigos, los tópicos de los libros de autoayuda y las inexistentes recomendaciones del sentido común: me llama, se excusa para verme, quiere rematarme, creo. Yo crecido. Antes de responder me miento en el espejo con un: “Bah, ya lo tengo superado”…

…y me suicido aceptando la cita.

Acto I – La camisa.

Aún tengo cosas en común con mi mujer, (perdón, con mi ex – ella). Mejor dicho, tiene cosas en común conmigo, o mejor todavía, tiene cosas mías y me las tiene que devolver. Siendo más preciso vaya: tiene ropa mía.

Una camisa. Triste y sola. Parece poco, pero es suficiente para ponerme a prueba. Y claro, yo, que alguna cornada sufrí, decido no contar con la maldita e invisible suerte y procedo a prepararme antes de la cita.

Llego pronto y me aseo en mi camerino, (Opel Corsa), mental y físicamente:

  1. Mental. Haciendo esfuerzos por sonreír, parecer contento, alegre y capaz. De todas estas emociones probablemente sea cierta la de capaz. (Sin comentarios).
  1. Físicamente. Echándome perfume como si no hubiera un mañana. (Sin comentarios).

Vamos allá. Salgo. La veo. Ella a mí no. Decido mirar hacia otro lado mostrando indiferencia. Soltura. Superación. (Sin comentarios).

Se aproxima seria y resuelta con la excusa, (camisa), en una bolsa de papel. Mientras me ofrece la bolsa me tira a la cabeza un “hola”, (notar que el autor escribe conscientemente “hola” en minúsculas con carencia obvia de signos de admiración). No contenta con esto, la acción de ofrecer la bolsa y tirarme el “hola” lo acompaña con algo inicialmente imperceptible y carente de audio y video, quiero decir, es una sensación y mis sentidos se alertan al recibir esa sensación. Temo que la excusa de la camisa dará para mucho hoy…

Diez minutos hablando y en ese tiempo entramos en un nivel de conversación tal que el término “tópico” se queda corto. Parece que estamos reinventando el palabro y dándole un nuevo uso, más redundante y más tópico. Decido cerrar esta escalada infame de absurdas afirmaciones y negaciones con un típico, (que no tópico), “¿Tomamos algo?”.

La respuesta fría no, glaciar: “Sí, pero aquí cerca”. 1-0. Gol por la escuadra. ¿Guerra fría? Ríete de RDA y RFA.

Ella repite incansable “el qué feliz te veo” y yo, previo paso por mi camerino, ya no recuerdo si la preparación mental era esto y si el perfume me lo inyecté o me lo bebí.

Sus palabras son sinónimos. Metáforas en forma de obuses rotulados con “estás porque quiero”, “no me haces falta”, y largos etcéteras a la línea de flotación de mi Titanic particular.

La tarde acaba como acaban estas cosas: tragedia instalada en mi alma. En plan okupa. Patada en la aorta y otra vez pa’dentro. A vivir dentro de mí por el morro. Y yo que la había echado. Y yo que lo estaba superando.

Estoy a tiempo de replegar tropas y me despido como nos vimos, disparándonos un “adiós”. Nos deseamos pasarlo bien: yo en Mallorca y ella en Alicante; donde pasará unos días con sus padres y hermana y donde media hora antes me decía que le “rechinaba encontrarme una vez que pensamos ir juntos”, cuando todo iba bien, en mi mente quiero decir. “Soy gilipollas”, me acuso.

Acto II – “Será maravilloso, viajar hasta Mallorca…”

Unos diez minutos después ya la estoy echando de menos a morir.

Acto III – TÚ / TÚ – TÚ / TÚ. Mensaje nuevo

“Hola, ¿Qué tal por Mallorca? A mí todavía me queda una mañana de playa, ya contarás. Un beso”.

Pues así fue, en la carpeta de enviados de su LG y en la de recibidos de mi BlackBerry. Un sonido avisa de la llegada de un SMS y al mismo tiempo recibo una corazonada en forma de ansiedad que rasga y raja mi pecho desde el vientre hasta la garganta, sin compasión.

Es ella, no tengo su número de teléfono guardado (eliminar su número de la agenda es de Primero de “LO ESTOY SUPERANDO”), pero los 3 primeros números los reconozco: 661…., es ella, joder, “mi ex – ella”.

Leo el mensaje y casi sin tiempo de terminar redacto el mío de respuesta. En ese instante dos gramos de lucidez me paran y freno, muy en seco. Dejo las marcas de las ruedas en el asfalto de mi patética existencia para no hacer lo que iba a hacer y quería hacer: responder un: “te echo de menos a morir”.

Engrano la palanca de cambios de mis dedos hasta la C eliminando el mensaje. Apago el móvil y reflexiono tumbado en la cama mientras tiro la llave de la caja fuerte que guarda mi dignidad al cajón donde ya casi no caben más “Soy gilipollas”.

Dos minutos de reflexión y doy con la fórmula correcta: “Todo bien, ya terminando el fin de semana. Intentando despegarte de la neurona que se resiste”.

Contesta con indiferencia un: “Ya queda poco para que me saques de tu mente. Cuídate”.

No te jode, ya está bien, que digo yo que como broma ya está bien. Me cansa y agota ese tipo de respuestas; desde arriba, desde el número UNO de su pódium de suficiencia. Arrojando la copa de ganadora y la botella de cava gigante a mi cabeza. Bonita forma de desearme “Cuídate”.

Soy gilipollas, pero esto y desde hace algunos días es un hecho.

No respondo.

Mi dignidad herida en el brazo, mi autoestima a dieta y mis ojeras dan tres vueltas a mi cabeza ¿Otra vez a empezar? Sí. Con el SAMUR de mi autoestima calle arriba, luces de gálibo y sirenas a todo meter. Con la percepción de no saber si estábamos jugando al Mus, a las Damas, a los Caballeros, al Ajedrez o al Teto, y en este último caso estar siempre agachado.

Lo había superado. Lo juro. Lo había superado.

 

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