Manos de novicia y puños de acero

Apagué el móvil mientras notaba mi tabique nasal ardiendo como la central de Chernobyl al meterme la última raya de coca del año 2009. Estaba en el cuarto de baño de la casa de los horrores. Noche del 31 de diciembre de 2009. Era ese un buen lugar para mí. Un espacio ínfimo donde el inductor de todas mis adicciones tenía vetado el paso. Era precisamente ese hecho lo que me proporcionaba una sensación de aislamiento y tranquilidad únicas. Alentadoras. Necesarias para drogarme en paz.

Increíble lo que pueden hacer tres metros cuadrados en la vida de una mujer muerta en vida.

Recogí turulo, tarjeta de crédito, ansiedad y euforia y lo guardé todo en mi bolso de pinturas. Limpié los restos de farlopa que mi nariz no había sido capaz de aspirar con la palma de la mano y los pasé por el labio roto del último guantazo, buscando con ello una anestesia fugaz y un alivio inmediato que reconocía. Me lavé los restos lo mejor que pude y finalmente repasé los orificios nasales asegurándome que no quedara nada a la vista. Un tic que alguien que consume adquiere con el tiempo, sea necesario o no. Estoy lista. Ya puedo salir.

Llevaba tres años metiéndome cocaína. Cinco de casada. Cuatro de humillaciones y dos de hostias día sí y día también.

Con esta parte de mi historia cualquiera podría pensar que al entrar en el salón me encontraría a Charles Manson presidiendo la mesa, con cuchillo de carnicero presto a dar rienda suelta a su naturaleza y ojos inyectados en sangre con esvástica tatuada en la frente. Lo que me encuentro cuando entro en el salón es a un cabrón de metro sesenta con manos de novicia y puños de acero. Un reprimido sexual y machista de nacimiento que me sonríe cuando percibe el aroma que deja la droga en mi sentido común. Sabe que esnifo porque él me enganchó. Le gusta que me drogue porque piensa que así soy más dócil. La fórmula es sencilla: poner en práctica cualquier método de sometimiento. Lo que me encuentro es a un mierda que no tiene ni media hostia pero que vive seguro de sus convicciones: soy suya. Punto. Y tiene razón.

Mi experiencia encajando puñetazos, patadas, tortazos con la mano abierta, con el dorso, con la palma abierta, con el cinturón, con un libro, con el móvil, con un mechero y así largos etcéteras, consiguen borrar la falsa seguridad que aporta la cocaína y me vuelve, (otra vez), vulnerable.

Cuando entro en el salón mi corazón comienza con sus taquicardias diarias mientras mi sangre busca acomodo fluyendo como una catarata a través de todas y cada una de mis arterias. Mis piernas flaquean y la bola de acero que unos diez minutos al día parece no existir, resurge de entre mis entrañas alojándose en mi garganta. Es esa bola de acero la que me impide masticar y la que confiere a mi tono de voz un timbre aflautado de puro terror y sometimiento.

Bola de acero, dos rayas de coca, pavor y sometimiento nos sentamos todos justo enfrente de él. Me mira sabiendo lo que me espera y yo le miro temiendo el dolor que produce una hostia en un labio roto que hace veinticuatro horas recibió dos. Sé que esta noche pasará porque lleva pasando lo mismo todas y cada una de las 730 noches en las que me utiliza como saco de entreno. Dos años. Hoy cumplimos dos años de maltrato físico.

Pero todavía no es medianoche y eso supone que en realidad todavía no es nuestro infame aniversario. Restan apenas cinco minutos, es cierto, pero siendo purista todavía no hace dos años y a mí eso me vale. Todavía no tiene nada que celebrar, ¿Habrá tiempo? Se me cruza esa pregunta cuando veo su mirada dirigida al lugar donde DEBE estar siempre mi teléfono móvil. Será por la costumbre. Será esa forma de vivir hecha a una forma de vida inhumana lo que bloquea mi mente y hace que olvide que en mi mano derecha tengo agarrado el teléfono móvil con el que entré al cuarto de baño.  El teléfono móvil no está donde DEBE estar siempre porque me lo llevé al cuarto de baño mientras él abría la tercera botella de vino. Él ahora lo sabe y creo que se ha dado cuenta demasiado pronto. Pero es un hecho. Ya está. No puedo hacer más. Creo. Él ahora lo sabe. Continúo sentada sosteniendo su mirada mientras mis manos permanecen apoyadas en mis piernas. Mi teléfono móvil no para de vibrar. No voy a atenderlo. Mientras le miro y siento la vibración del móvil sobre mi muslo derecho, su metro sesenta me parecen dos metros y sus manos de novicia las observo como dos cuchillos de caza preparados para destripar algo, siendo ese algo yo.

Sus labios se aprietan y sus puños se cierran. Según mi dilatada experiencia quedan aproximadamente diez segundos para que se levante, me agarre del pelo y me lleve arrastras a cualquier ángulo de la casa donde yo no me pueda mover y él sí lo pueda hacer con la soltura y profesionalidad que lo hace un maltratador.

En ese instante ya he contado diez vibraciones del teléfono móvil. La señal. Impulsándome con la agilidad que da la reciente ingestión de cocaína, llego a la puerta de entrada a la casa sin ser consciente de haberlo hecho. Mientras, él, con mucha experiencia en persecuciones domésticas, me agarra del brazo derecho y me quita el teléfono móvil mientras yo con la mano izquierda quito el cerrojo y abro la puerta.

Cuando entra la policía él sigue inmóvil mirando la pantalla del teléfono con el número 016 marcado.

El más bajo de los cuatro policías que se llevan al mierda de metro sesenta me mira con una mezcla de pena y alegría y me desea un “Feliz Año Nuevo”.

–        “Feliz Año Nuevo”, respondo.

 

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