El cartones

“El cartones” yacía tumbado boca arriba con los ojos bien abiertos y los dientes apretados de puro dolor. Necrosis isquémica. Definición técnica del infarto. En el caso de “El cartones”, un par de ellos. Doble infarto de miocardio el día de Navidad. Imposible sobrevivir a eso, ni siquiera para un profesional de la supervivencia como “El cartones”.

El primer vehículo policial llegó a los dos minutos de recibirse el primer aviso. Extraño. Cruzar el poblado y llegar hasta la chabola de “El cartones” requería pericia al volante y cierto conocimiento de los caminos que lo horadaban. Rodolfo dejó a su compañero en el vehículo policial mientras entraba a echar un primer vistazo. La chabola no dejaba de ser eso, una construcción provisional e impersonal construida a base de necesidad y esfuerzo. Sin embargo, en el caso de la casa de “El cartones”, la decoración interior aproximaba a la chabola a algo parecido a un hogar. Lo primero que vio Rodolfo no fue el cuerpo sin vida del propietario. Centró su atención un niño de unos ocho o nueve años sentado sobre sus propios talones y con las manos extendidas sobre los muslos. Oscilaba hacia delante y hacia atrás. La mirada arrasada. La cara congestionada y deshecha. No era exactamente tristeza. El gesto era de frustración, incomodidad, rabia…

–        ­Hola chaval. ¿Estás bien? – Probó Rodolfo.

Sentxo era el único hijo de “El cartones”. Su madre murió en un parto innecesariamente cruel para cualquier ser humano, probablemente aceptable y lógico para quienes malviven en un poblado rodeado de escasez de todo. Perdió la vida a borbotones.

“El cartones” entendió desde el principio que estarían solos ante todo lo que viniese. Y venía toda una vida. Sin colegio, “El cartones” tuteló, educó, quiso y formó a Sentxo sin ayuda. Lo quiso a morir, y murió.

Recogían cartones de lunes a sábado. El domingo se lo reservaban para ellos. Se vestían con lo más decente que guardaban para ese día de la semana y juntos recorrían la ciudad en un autobús turístico de dos pisos color rojo. A Sentxo no le hacía falta mucho más. Cada siete días tomaban el autobús y recorrían la ciudad como si nunca lo hubiesen hecho. Cada domingo se sentaban en un asiento diferente. Alternaban el lado del autobús para que las imágenes del domingo anterior se perdiesen en la memoria y todo fuera nuevo. Una semana en la parte de arriba y a la semana siguiente en la de abajo. Sentxo se dejaba asombrar por todo lo que nunca tendría mientras no evitaba memorizar la situación de los mejores contenedores de cartones que durante el resto de la semana vaciarían, siempre de madrugada.

–        ¿Estás bien? – Rodolfo insistió con tacto profesional.

–        No le responderá – No vio llegar a la persona que portaba esa voz rota de alcohol y tabaco. El tío de Sentxo, “Chatarro”, salía de lo que parecía ser una pequeña e improvisaba cocina con las manos enfundadas en los bolsillos –. No le hablará, ni a usted ni a nadie. Cree que les fallará.

–        ¿A quiénes? – Rodolfo mostró curiosidad.

–        A los niños. Es Navidad -. Aclaró “Chatarro”.

Al cumplir tres años, “El cartones” entendió que era un buen momento para explicarle qué era eso de la Navidad, Papá Noel y demás particularidades del año reservadas sólo a los que no vivían donde él vivía y con quien él vivía. “El cartones” le dijo a Sentxo que ellos no podían tener Papá Noel porque ellos trabajaban para Papá Noel. Una labor ingente. Imposible de acometer por un solo hombre por muy veloces que fuesen sus Rudolf, Donner y demás renos. Para Sentxo hacía exactamente tres años, (el año del fallecimiento de su madre), que el mismísimo Papá Noel les había reclutado para la causa. “¿Cómo crees que pagamos esta gran casa hijo?” acompañaba sus palabras con ademanes que daban lustre a la chabola y a la vida del pequeño.

Al año siguiente Sentxo empezó a preguntar por los detalles del trabajo de Papá Noel. “Recogemos los cartones de los juguetes que Papá Noel regala al resto de niños; esos cartones se los vendemos a Papá Noel, él nos paga y sus duendes los reciclan para que al año siguiente todos los niños puedan tener más regalos, por eso tenemos tanto trabajo el día de Navidad”. A un Sentxo paralizado se le amontonaban las preguntas: “¿Y hay otros como nosotros papá?”. “Claro hijo, pero no podemos reconocernos, es la única norma que hay: No hablar nunca de esto con nadie”.

Desde entonces Sentxo esperaba el día de Navidad como cualquier otro niño, pero por otras razones, con otro tipo de ganas, con una ilusión diferente.

–        ¿Quién se lo va a decir? – Preguntó de repente Sentxo interrumpiendo la explicación que “Chatarro” ofrecía a Rodolfo.

–        ¿A qué te refieres chico? – Respondió el policía.

–        Le hemos fallado. Hemos fallado a Papá Noel. ¿Quién se lo va a decir?

Rodolfo y “Chatarro” se miraron. Cómplices. Sin más explicación que la mirada.

–        No te preocupes Sentxo. Me manda Papá Noel. – Se arrancó Rodolfo.

Sentxo paró de inmediato y levantó la cara en dirección al policía, luego a su tío “Chatarro” buscando su aceptación y tras encontrarla, nuevamente a Rodolfo.

–        ¿Le envía él? ¿Cómo lo ha sabido? – Sentxo quiso probarle.

–        Porque él lo sabe todo. Somos la guardia personal de Papá Noel. Nos ha enviado con un coche que lleva sirenas y luces, como los de la policía, para que podamos ir más rápido y no perder tiempo. Quiere que te ayudemos a recoger los cartones de hoy.

–        ¿Podremos recogerlos todos? – Se interesó Sentxo.

–        Bueno, intentaremos hacerlo lo mejor posible, pero nunca tan bien como lo hacíais tu padre y tú.

“Chatarro” salió de la chabola a despedir a Sentxo. Quiso llorar de pena, pero una sonrisa nacida de la comisura de sus labios eliminó todo rastro de tristeza mientras contemplaba dos luces azules sobrevolando el poblado en dirección a la ciudad.

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