La Navidad en subjuntivo

Ayer volvió a la casa de los errores. Fue recibido con el mentón de su padre al aire acompañado de un ah, eres tú que iba vacío de todo. Como tantas otras veces. Como siempre. Como la última vez, apenas doce meses antes de ayer. Doce meses que eran un suspiro para su conciencia e inconsciencia.

Ayer volvió a la casa de los errores. La casa en la que sobreviven y malviven dos personas cansadas de odiarse y reprocharse de todo desde que él tenía uso de razón. Un matrimonio que zozobró el día que abandonó dique seco y se adentró en una vida que no quisieron y a la que fue embarcado con la comodidad de una galera.

Ayer volvió a la casa de los errores. Una casa iluminada con la misma incandescencia triste, negra y porosa de siempre. Las mismas bombillas ajadas y maltrechas que se obstinan en oscurecer las sombras de los insultos, de los reproches, de tantos no vales para nada que ya casi no recuerda cuando cesaron. ¿Lo hicieron?

Ayer volvió a la casa de los errores. Va porque los es que tengo que ir ganan por goleada a lo que tendría que hacer es. Sigue yendo con la misma honestidad con la que un bulímico recorre el pasillo de ida a la cocina. Con la misma falta de autoestima con la que va maldiciendo en sentido contrario hacia el cuarto de baño. Va porque un cocainómano siempre compra el penúltimo gramo. Nunca el último. Y sigue yendo.

Ayer volvió a la casa de los errores. Se sentó a la mesa donde nunca recibió mayor afecto que el de sentir la necesidad de hacer algo mejor. Lo que fuera. Aunque nunca lo hubiese iniciado. Nunca fue suficiente a pesar de que nunca hacía nada. La parálisis lo movía todo de puertas para adentro. La cárcel en la que vivió a pierna suelta. Rodeado de tantos silencios que nunca terminó de acostumbrarse del todo al ruido de la vida que hacía fuera de allí.

Ayer volvió a la casa de los errores. Entró en su habitación. Un cuarto que fue su trinchera. Su refugio nuclear. Formado por sus cuatro paredes que para él eran Oz. Un cuarto al fondo del mismo camino de baldosas amarillas que cada noche recorría; tras explotar en mil pedazos un grito atronador que era amplificado por una voz autoritaria que desposeía de fe al más creyente.

Ayer volvió a la casa de los errores. Llegó tras recorrer parte de la manzana por la que siempre paseaba a esperar la bajamar. Una acera tatuada con una mezcla perfecta de frustración y suela de zapatilla. Ayer vio las mismas colillas de cigarrillo con las que se quemaba las ganas de acabar con todo, hiriéndose de verdad para sentir realmente el golpe físico que nunca llegaba.

Ayer volvió a la casa de los errores como quien vuelve a una prisión condicional. Sabiendo que ahí sólo se rema y que además hay que hacerlo solo, sin acento, sin compañía y sin objetivo. Volvió midiendo la cantidad de energía que es capaz de absorber un agujero negro espoleado por una única verdad, la que enciende uno con su acción y la que apaga la otra por defecto, silencio y cobardía. Fue asumiendo que saldría agotado, extenuado, derrotado nuevamente por el mismo ejército sátrapa y abyecto que le declaró la guerra el día uno de su existencia, día arriba o día abajo.

Ayer volvió a la casa de los errores. Y lo hizo dispuesto a presentar la misma batalla inocua y mentirosa. Se armó del valor que nunca tuvo para disparar y disparó. Lanzó las mismas naderías que siempre les había lanzado. Postas y fogueo que nunca hirieron porque nunca fueron percutidas. Tanto miedo llevaba en el cargador que sólo una vez fue capaz de municionar el arma. Y ese fue el mismo día en el que juró no volver: pero era demasiado tarde porque volvió para cobrar la pieza doce meses después, y para eso fue demasiado pronto.

Ayer volvió a la casa de los errores. La casa donde no se conjugaba y cuando se hacía siempre era en imperativo y con un futuro condicional. El lugar donde únicamente se adjetivaba, se subrayaba y donde el pluscuamperfecto siempre era en subjuntivo.

Ayer volvió a la casa de los errores y al final salió vivo. Indemne. Acompañado…

…Fui regresando a mi casa mientras mi olfato dejaba de oler al tabaco mil veces fumado que aromatizaba y secaba el alcohol tantas noches bebido.

Ayer volví a casa de mis padres por Navidad, pero hoy, por fin, ya estoy en mi casa.

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1 Comment

  1. “El regreso a casa por Navidad. La gran mayoría recorren ese trayecto hacia el pasado cada año, hacia la casa que dejó de ser hogar hace tiempo.”

    Magnífico relato, supongo que muchos se sienten identicados con él y pocos los que se niegan a cumplir con una tradición cada vez más carente de sentido …

    Saludos

    Me gusta

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