¿Por qué no quedar como amigos? – Vetusta Morla

28 de julio de 2011

Una simple llamada de teléfono; una simple invitación a cenar. “Es que me voy de vacaciones y me quería despedir”, mentira la mía. “¡Vaya!, creía que ya no querías saber nada de mí”, mentira la suya.

Sin maquillajes, sin preparación ni pausas reflexivas. Un mundo de unos 20 minutos en el coche que tantas lágrimas ha visto llorar, y ya. 20 minutos para terminar una historia de amor eterna. Dos vidas en esos 20 minutos.

Ella llegará tarde, está en un SPA. Una sesión para dos personas que NOS regalaron sus amigos el día de su cumpleaños. Eligió esa misma tarde para tomarse esa sesión de SPA para dos y sin mí claro, con su hermana ¿Ironía? Llevo alimentando tanto tiempo y tantos ratos con tantas cantidades de ironía que no es extraño que la última noche la cubran nubes e ironía por igual.

Me acerco a su casa. Ya no me extraña jugar en campo contrario, voy sereno y confiado. Baja a mi encuentro. Huele bien. Está muy guapa, muy tranquila y lo que es peor, está increíblemente cariñosa y feliz por vernos. No sabe, intuye o imagina nada de lo que nos aguarda en esta nuestra última cena. Llevo un libro. Quiero regalar un libro en el día del adiós. Soy así, ¿De majo?, no, de gilipollas claro.

Me empiezo a sentir culpable cuando me reconoce la ilusión que me hace que podamos cenar juntos. Sí, “como amigos”, matiza. Yo no regateo ni escondo el balón, bueno sí, un poco, pero comienzo a deslizar un “al final de la noche hablamos” cuando el chino del chino (por fin) nos toma nota.

Me invita a pedir una botella de vino. A mí me parece “Goma 2” en manos de un terrorista. La fórmula: si bebemos vino nos emborrachamos, si nos emborrachamos perdemos lucidez y si perdemos lucidez perdemos todo…al menos yo.

La cena transcurre con pena y sin gloria. Ella firme, muy firme pero muy relajada. No evita hablar de nosotros, de por qué nos pasó lo que nos pasó. Yo sé lo que me pasó y nunca lo imagino o lo hablo como algo plural, mayestático y ni mucho menos compartido. A mí me dejaron de querer y yo la dejé de habitar como la habitaba. Fin.

A medida que el chino nos sirve los platos chinos que no existen en China, trato de rebajar su euforia y mis ganas de saltar encima de la mesa para besarla. Paro mi deseo con un nuevo “Bueno, al final de la cena hablamos”. Me pregunta por posibles relaciones. Puntos de inflexión que hayan hecho mejorar la imagen que tiene de mí. La de un despojo (que no persona) que sufre y llora por el final de una relación que no ha sabido gestionar. ¿Se refiere al final o a la relación? Ni yo acierto a comprenderlo ni a responderme. Continúa preguntando. Elude mis avisos y sonríe como sólo ella sabe sonreír para romperme. Lo sabe, yo lo sé y el chino del chino también lo sabe. Entre “qué harás estas vacaciones” y “¿Has visto como sí que podemos vernos sin sufrir?”, deslizo un cansino: “Bueno sí, pero tenemos que hablar”. Y ¡PUM! Estalla. Se rompe. Destroza y deshace su faz. De felicidad y moral nivel 10 a dudas y terror. Según comienzo explicación y expiación ella empieza a revolverse dejando el cerdo agridulce encima de los fideos transparentes de la ensalada china que dice el chino del chino
son algas genuinamente chinas.
Y en este ir y venir de comida china mis palabras y frases van acompañadas de cigarrillos y gestos en cantidades suficientes que traten de reforzar lo que digo, pienso y siento, y no por ese orden.

Voy ganando y, sin embargo, todavía tengo que agarrarme a la silla para no saltar encima de la mesa y amarla a morir.

El resumen es el conocido hasta ahora:

1. Hay alguien que sufre.
2. Otro alguien que no.

Nos levantamos del chino. Ella paga la cuenta. Se obliga y me obliga a no pagar y a callar. Nueva forma de intentar recuperar el número uno, puesto que acabo de arrebatarla pasándola por la derecha. Quemando gomas, ruedas y neuronas. Caminamos desde el chino hasta su casa; cinco minutos de paseo pausado. Insiste con la fórmula del “¿Por qué no quedar como amigos?”. Ese capote al más puro estilo Belmonte o Manolete, toreros de los de antes los dos. Ese capote al que yo entraría en tiempos anteriores y que jamás tentaré en los actuales y ulteriores.

Continuamos y yo sigo ahí, muy a lo mío, no podía ser de otra forma.

Hay abrazo, lo hay sí, claro que lo hay. Un abrazo de verdad, ella aprieta fuerte y suspira, sabe que me voy, yo aprieto y no suspiro, sé que me voy. Rompo el abrazo. Lo rompo porque hasta ese detalle es importante. Y eso que a pesar de mi subidón sé que los siguientes dos días serán nefastos y cargados de dolor, de lágrimas y de mucho caminar. Rechaza mi regalo, el libro. No lo quiere. Vuelve a susurrar a sus zapatos un “no me lo puedo creer”.

“¿Sabes qué?”, (pienso mientras la veo alejarse con los brazos cruzados y la mirada fija en cada baldosa amarilla que le lleva a su casa). “Yo tampoco me lo creo, a día de hoy no sé si es Dorothy o Alicia la que no ha encontrado el camino de regreso. Ni sé si lleva los zapatos rojos y si mi relación con ella sigue siendo como la que tuvo Alicia o Dorothy con la Oruga Azul”.

Y sin embargo recuerdo perfectamente que entonces supe que nuestra historia no había terminado en ese abrazo ni en ese caminar sobre baldosas amarillas. Es cuando empiezo a sentirme como aquel “Funambulista imbatible, que dibuja en braille los pasos del siguiente mortal”.

Pero nunca como amigos.

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